Presentación 18 de febrero de 2010

domingo 17 de enero de 2010

Alquimia (Capitulo I)

I
Estás muerto cariño
Desperté sin sentir la pesadez que acompaña el largo sueño, miré a mi alrededor, aquella habitación vacía. Una brillante luz entraba a raudales a través de las vaporosas cortinas del dormitorio. Me levanté notando el suelo bajo mis pies. Como si no existiesen, mis extremidades estaban entumecidas, una sensación similar a un brazo dormido, a una pierna que lleva mucho tiempo sin ser regada por el vital efluvio de la sangre, pero esta sensación estaba extendida en todo mi ser, brazos, piernas, cara… Toqué con esos dedos inertes cada parte de mí y todo, absolutamente todo tenía la misma sensación al tacto. Quise no preocuparme. Siendo realista, no sentía preocupación alguna, ni tristeza, ni melancolía, lo cual me resultó bastante extraño. Dejé de repasar mi fisionomía con la yema de mi dedo índice, que dibujaba el contorno de mis músculos. Terminé de incorporarme, extendí mis brazos estirándome hasta alcanzar la plenitud que mi flexibilidad me posibilitaba, esperé ansiosamente el doloroso cosquilleo que se produciría seguramente al comenzar a moverme, como consecuencia segura de la circulación sanguínea, que a fuerza de indicios descubrí postrado en cama durante una eternidad. No obstante aquel calambre no recorrió en ningún momento mi anatomía, y el movimiento no se acompañó de ninguna reacción dolorosa, tampoco agradable. Simplemente avanzaba sin mas sensación que el abotargamiento generalizado.

Me desplacé fuera de aquella habitación luminosa. Fuera continuaba el monocromático edificio iluminado en su interior por blanquecinos tubos fluorescentes. Estaba totalmente deshabitado. Las puertas abiertas de todas las habitaciones dejaban constancia de que aquel lugar estaba desierto. Era un hospital, aquello quedaba patente por la situación de las camas, los aparatos destinados a medir las constantes vitales de unos huéspedes que no existían. Todos los monitores se encontraban apagados. No había más que silencio, o al menos eso era lo que yo percibía, silencio sepulcral. Reparé en mí mismo nuevamente. Estaba vestido con uno de esos incómodos batines anudados en la espalda. Revolví cada uno de los armarios de aquellos cubículos, hasta encontrar una ropa menos vergonzosa que cubriese mi blanquecina tez, acostumbrado como estaba a la exposición constante del sol de la playa, me parecía extraño verme tan pálido y mortecino. Entonces fue cuando me dirigía al primer cuarto de baño que encontré en mi camino. Me miré el rostro frente al espejo y mi sorpresa se dibujado en el lánguido rostro que estaba frente a mí. Los ojos violáceos me permitieron reconocerme a mí mismo, toqué con mis manos dormidas aquella cara desprovista de melanina, bordeé el contorno de mis pómulos y toqué mis labios que se encontraban tan acorchados como el resto de mi organismo. Abrí la boca intentando componer con mi voz algún sonido inteligible. Al principio sonó sólo un quejido, una especie de gruñido osco, como si mis cuerdas vocales fuesen una vieja máquina que comienza a funcionar después de lustros de abandono – Dios mío – al final salió apenas un susurro de mi garganta, un aullido quejumbroso. Con él, el oído que yacía desconectado del resto de mi organismo recobró el funcionamiento, y escuché el aire correr entre los pasillos, el zumbido de la electricidad haciéndose paso por el cableado de aquel habitáculo para llegar a las lámparas y producir luz – ¿Tanto tiempo muerto y sólo se te ocurre decir Dios mío? – la voz dulce detrás de mí me asustó, obligándome a girar brutalmente y estrellando mi espalda a la pared contigua al lavabo, sorpresivamente el entumecimiento de mi organismo me concedió la tranquilidad de no sentir dolor, era absurdo ser consciente de que el primer sentimiento que tenía desde que desperté era el sobresalto y el miedo que me produjo aquella voz que se me antojó dulce - ¿Qué? – me esforcé en articular para elevar el tono de voz un par de notas, pero volvió a ser simplemente un susurro. Estaba delante de mí, vestida con un ceñido vaquero azul y una camiseta blanca, su melena negra, ondulada y voluminosa enmarcaba un rostro macilento, casi tan pálido como el que reconocí propio en el reflejo del espejo. Sus ojos negros, sus rasgos perfectos, la nariz perfilada, los labios dibujados con pincel de fuego, que distorsionaban la blanquecina tez con ese rojo tan intenso – Estás muerto cariño, tú, yo y toda la gente que está en este maldito edificio, todos muertos – Esas palabras que en cualquier otro momento de mi vida habrían desatado una infinidad de emociones, me dejaba impertérrito. Despegué mi espalda de la pared, ordené mentalmente mis ideas e intenté encontrar una explicación lógica a aquellas palabras – este lugar está vacío – conseguí decir sin tanta dificultad, mis cuerdas vocales se antojaban fluidas con cada ejercicio de voz, ella sonrió dejando relucir aquellos hermosos dientes perfectos, se dio media vuelta, salió de la baño y de la inhóspita habitación, dejando tras de sí un vacío difícil de explicar. Masqué el sabor de la soledad y emprendí la carrera detrás de ella. Agradecí el no sentir más que una distante sensación de mis piernas, no existía en aquel largo pasillo, muestra alguna de vida. Giré a un lado y a otro mi cabeza reparando en una ventana abierta al fondo del corredor. Allí me dirigí hasta toparme con los raudales de luz del sol que entraban por ella, me asombré al no percibir calor alguno sobre mi piel, estaba convencido de que era mediodía pero aquel sol no calentaba, no me quemaba. Fue entonces cuando mi mente comenzaba a despertar millones de conexiones neurológicas atontadas por el letargo. Hasta este momento, ni el frío, ni el calor, ni la sed ni el cansancio dieron señales de su presencia en mi humanidad, ¿y si era verdad? ¿Y si estaba muerto? – No puede ser – alcancé a decir mirando tras aquel ventanal blanco el extenso jardín que se alzaba delante de mí. Allí estaba ella, inexplicablemente mi extraña visitante se encontraba fuera de aquel edificio, mirándome fijamente. Con cara divertida saludaba junto a un manzano cargado de rojos frutos, ¿cómo podía ser aquello cierto? Me dirigí entonces escaleras abajo a toda velocidad para encontrar las respuestas a tantas preguntas que azotaban mi mente y que aquella extraña mujer tendría que responder.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla.

Napoleón I (1769-1821)
Napoleón Bonaparte. Emperador francés.

Neomar Bethencort en Facebook

Sobre mi

Mi foto
Granada, Andalucía, Spain
Nacido el 5 de septiembre de 1979 en Carúpano (Venezuela) Hijo de Canarios emigrados a latino-américa estudió arte dramático en una de las más prestigiosas fundaciones teatrales del oriente de ese país, donde fue colaborador del programa “La hora Canaria” de Radio Monagas. A su llegada a España en 2000 continuó su camino por la radio canaria conduciendo junto a Nieves Luz González y Laura Fernández en el programa “Protagonistas” de Onda Cero Isla Bonita Radio en la isla de La Palma, dos años más tarde presenta el programa “Tagoror” de las mañanas de Radio Gigante junto a Manuel Jiménez y Aida Herrera en la isla de Tenerife. En el año 2004 publica su obra Hoy me queda de ti (Ediciones Alternativas), libro de poemas con un significativo anhelo por la tierra dejada atrás. En 2010, tras seis años apartado de las letras, edita De cuando los Dragones bailaban con las Sirenas (CVA Ediciones), nuevo poemario que se desliza a través de una fábula épica rendida al amor en todas sus consecuencias. Es también en este año cuando toma la alternativa a la narrativa de manos de un proyecto ambicioso.